-Ahora, qué vamos a hacer –exclama el
hombre, con miedo comprensible-, la suerte se me ha volteado.
-I. A.–dicen los partidarios de la nueva
alcaldesa-. Inteligencia animal.
-Inteligencia artesanal –contradicen los
contrarios.
La berrinchosa ha hecho destituir al
anterior alcalde con el ridículo argumento de que está prohibido que los
animales se sometan a los hombres, por más buenos y animalistas que parezcan.
En el largo juicio seguido por esta causa se ha podido establecer que un perro
servil se ocupaba, efectivamente, de llevar al alcalde de paseo en horas de
trabajo (del mal empleado) al parque Selva Alegre. Así que fue destituido (el
alcalde).
Como es algo entrada en carnes la nueva
alcaldesa, la llamamos, en secreto, la Bienpapeada. Le tenemos miedo, sin
embargo, porque nos parece que es un poco malvada. Así como se ha papeado al
alcalde, puede hacer lo mismo con nosotros, pensamos. Temblamos todos los
malpapeados, no sin motivo.
La Perra Alcaldesa ha decretado:
Primero: Los humanos no tienen derechos.
Segundo: El poder nace del combo.
Tercero: Los derechos se ganan con ladridos y garras sucias.
¿Pero, qué ha pasado, cómo es que hemos
vuelto a la vida de la selva?, nos preguntamos.
Hubo una época en que la sabiduría prometía
reinar en el bosque, cuando un alcalde-filósofo editó una colección de libros
que apilados podían llegar a las nubes. Pero llegó tarde, los escolares ya
estaban en la luna de Paita, navegando más allá de la galaxia Gutenberg.
Y ahora, como nadie lee, no sorprende que
encandilen al pueblo, intelectualmente malpapeado, personajes como nuestro
recientemente destituido alcalde, que se hizo conocido como árbitro FIFA de las
ligas locales. Hubo, sin embargo, un aviso que no supimos escuchar, que el
soplapitos era discípulo de Pezuña Ascuña, el postulante a la presidencia de
nuestra desquiciada república con más bajo C.I., cosa que, entre treinta y
tantos candidatos, es decir mucho.
Arrinconados por la brutal embestida animal, leemos, a escondidas, los Poemas Humanos del padre César Vallejo, donde encontramos que dice, hablando consigo mismo:
“¡Vistosa
y perra suerte!
¡César Vallejo, te odio con ternura!”
Si viera su nombre hollado por apestosas
pezuñas, creo que podría decir:
Universidad
César Vallejo
¡Te odio con altura!
¡Ay, si supiera, lloraría nuestra vistosa y
perra suerte!
-¿O nos dejaría en visto?


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