domingo, 15 de octubre de 2023

CANTO DEL ALMA

 

AUDIOLIBRO

Edilberto Zegarra Ballón 

(Arequipa, 1869-1957)


Escritor y periodista. Hace más de cien años fundó el diario “El Pueblo”, que sigue en circulación. Publicó varios libros de poemas: “Vibraciones”, “Espontáneas”, “Amor y Poesía”. La más famosa de sus creaciones poé­ticas es “Canto del alma”, que la escribió para ingresar al Club Literario de Arequipa, como se acostumbraba entonces. Fue leído en la sesión solemne del 2 de mayo de 1891, ganándose el ingreso y los honores de poeta.


Canto del alma

Poema

Recitado por Giuliana Murgía

Hay un pueblo grandioso,

De un murmurante río en la ribera,

Que se yergue a las faldas de un coloso

Con majestad gallarda y altanera.

 

Tiene una hermosa historia

Y cuando lucha de valor se expande,

Delira por la gloria

¡Y adora con pasión todo lo grande!

 

Lleva fuego viril en las entrañas

Y sus hijos son fuertes y serenos,

Viviendo entre el desierto y las montañas

Coronadas de rayos y de truenos.

 

Sus campos son feraces,

Brotan en ellos delicadas flores;

Lo aduermen con amor brisas fugaces

Y parece el edén de los amores.

 

Al contemplar su cielo delicioso

Me embriago en el placer de los placeres;

Es tan limpio y hermoso,

Como el dulce mirar de sus mujeres.

 

Sus hijos son valientes

Y fuertes en las luchas de la vida.

De pasiones ardientes,

De mente soñadora y atrevida.

 

En la marcha ascendente del progreso

Siempre disputa la primera fila

Y posee, por eso,

Luz en el corazón y en la pupila.

 

¡Sabe creer y amar! No le hacen falta

Placeres enervantes que no tiene,

Por la virtud se exalta

Y nunca ante el peligro se detiene.

 

Es un pueblo de bellas tradiciones,

Que amó la libertad hasta el delirio

Y se envolvió en horribles convulsiones

Y subió los peldaños del martirio.

 

En su inmortal historia

Hay episodios mil de patriotismo,

Cada página guarda una victoria

O un destello sublime de heroísmo.

 

Ese pueblo grandioso

Que se yergue de un río en la ribera

Y se asienta en las faldas de un coloso

Con majestad soberbia y altanera;

 

Que ama la libertad con desvarío

Y que a todo progreso se anticipa,

Ese pueblo es el mío,

¡Es esta hermosa tierra, es Arequipa!

 

Es la tierra en que se halla

Fecundo germen que produce atletas,

Héroes de los campos de batalla,

Artistas y poetas.

 

Yo le debía un canto

A este pueblo querido

Que formó siempre el delicioso encanto

De todas las fruiciones que he sentido.

 

Porque en sus verdes campos

Se deslizó con suavidad mi infancia,

Al tibio rayo de dorados lampos

Del bello sol que iluminó mi estancia.

 

Porque aquí vive lo que más adoro

Porque aquí tengo lo que más anhelo:

La hermosa inspiración que es mi tesoro,

¡La dulce poesía, que es mi cielo!

 

Porque aquí hay sentimiento,

E idea noble, levantada y alta;

Tiene donde volar el pensamiento

Cuando con alas de águila se exalta.

 

Tiene donde subir la fantasía

Con vuelo prepotente

Y en regiones de excelsa poesía

Dar campo al corazón, luz a la mente…

 

¡Oh! si yo tengo orgullo

De esta mi tierra, amor de mis amores,

Que acarició mi cuna con murmullo

De truenos y temblores.

 

Y siento anhelo ardiente

De que el Perú más glorias le demande

Para que siga siendo eternamente

El pueblo valeroso, altivo y grande.

 

Salud, noble santuario

Del arte, del valor y las ideas,

Salve, sublime pueblo legendario,

Mi Arequipa, mi amor, bendita seas.


sábado, 14 de octubre de 2023

EL RAPTO DE MIZ-MIZ

 


AUDIOLIBRO

Juan Manuel Polar 

(Escritor arequipeño 1868-1936)

El rapto de Miz-Miz

 Cuento

Leído por Willard Díaz Covarrubias

Música de Pedro Rodríguez Chirinos

La granja está situada en una rinconada del valle. En la granja vive Miz-Miz, la princesita de piel de raso y de ojos hermosamente azules.

¿Sabes quién es Miz-Miz? Es una joven gatita muy mona y muy relamida. En toda la comarca es la única dama de su raza, y si las crónicas no mienten, algún mago cabalista la tiene encantada en aquellas soledades.

Da gusto observarla en las tardes cuando baja el sol, cómo arrellanada en una de las ventanas de la granja, mira a un lado y a otro entornando los ojos entre aburrida y melancólica. El vuelo de alguna golondrina suele intrigarla: levanta con vivo movimiento la cabeza, se despereza, pero acaba al fin por bostezar y arrellanarse de nuevo. Es que se aburre.

A veces enarca el lomo, estira la blanquísima cola y, con voluptuosidad de exquisita elegancia, ronroneando sus displicencias, va a sobarse el lomo entre las piernas del amo.

Todos quieren a Miz-Miz, todos la acariñan, la sientan sobre sus rodillas y le pasan la mano por el lomo; singular caricia con que ella se recrea; pero sin devolver estos halagos, y mostrando siempre el mismo desdén de princesita mimosa que se fastidia.

Hasta los perros, los tres altivos guardianes de la granja, respetan a Miz-Miz y la atienden con doble galantería. Aunque rodeada de tantas consideraciones y solícitos cuidados, se aburre Miz-Miz sin hallar los esparcimientos propios de sus juveniles años; y dada a las imaginaciones, al mucho soñar y al mal dormir, languidece la joven dama.

En el entretanto, la fama y nombradía de Miz-Miz traspasó los linderos granjeriles, y allá en los montes se supo que existía la princesita encantada sobre la que corrían variadas y no pocas amenas historias. Por no sé qué chismografía de conejos silvestres, llegaron las noticias a oído de Zapirón el Montés, que escuchó, relamiéndose con mal disimulado entusiasmo, los encarecimientos que se hacían de la noble dama.

Era el tal Zapirón un señor gato de ilustre linaje, dado a las aventuras, arriesgado como el primero y enamorado en demasía. Es cosa no averiguada el origen del reinado de Zapirón en los bosques de la comarca aquella; pero seguramente le venía por estirpe la posesión de aquellos dominios, donde imperaba celoso de sus fueros, como dueño y señor de vidas y haciendas. A usanza de los antiguos feudales, entretenía sus ocios, Zapirón, con aventuras galantes, caza arriesgada y de allá en cuando un desafío a garra limpia, con un maleante caballero de su raza que en mala hora se atrevía a cruzar sus dominios.

Cuanto a su figura, se dice que era apuesto el mancebo, se distinguía su cuerpo por lo vigoroso y bien musculado; la cabeza era enorme, pero altanera y ceñuda; centelleantes ojos, recio el bigote y gallarda la apostura. Gastaba traje atigrado de esos que llaman romanos, y tenía por armas agudos dientes y garras del más fino acero.

En su calidad de enamorado y aventurero, se holgaba Zapirón escuchando las ponderaciones de la nunca bien ponderada Miz-Miz, y huroneado las noticias y recogiendo con disimulo los datos que era menester para el éxito de la empresa.

No era el noble Montés persona de aquéllas que ponen tiempo y desvelos entre el pensar y el resolver, y así que tuvo precisos datos de la casa solariega donde habitaba la señora de sus pensamientos, se decidió a dar principio a tan deseada conquista. Así pues, una de aquellas noches en que la oscuridad invitaba a las aventuras galantes, con discreta cautela, pero sin temores, se dirigió el enamorado caballero a rondar el castillo de su dama, para requerirla con cariñoso reclamo.

Se cuenta que en aquella noche los mozos de la granja vieron brillar en los cercados matorrales dos ojos que parecían ascuas encendidas, que los mastines lanzaron voces de alarma, que se asomó Miz-Miz, entre curiosa y sobresaltada, para informarse de tan inusitada algarabía, que se escuchó en las sombras un maullido prolongado y que los tres perros se precipitaron en la oscuridad, vociferando con manifiesta indignación.

Ocurrieron muchas y muy comentadas escenas como la anterior, con lo cual demás es decir que las gentes de la granja estaban muy alborotadas. Los más juiciosos y discretos eran de parecer que el Montés, no era tal Montés, sino alguna otra fiera bravía y mal intencionada. Los mozos, dándose de bravucones, limpiaban la vieja escopeta con airado ceño y resueltos a habérselas con cualquiera; pero ningún comentario era más curioso que aquel que se hacía por las noches, después de la cena, alrededor del humeante candil, cuando alguna vieja trasnochada, sacaba a relucir cuentos de brujas y de aparecidos, atribuyendo al felino ciertas comparcerías con espíritus maléficos. No se vio nunca más atento auditorio: se arrebujaban los chicos amedrentados en las faldas de sus madres, se hacían cruces las mujeres, y mozos y viejos permanecían colgados de los labios de la narradora, que se holgaba en todo extremo viéndose tan acatada y bien oída.       

Entre preocupada y burlona atendía Miz-Miz a todas los relatos, sin darles al parecer gran importancia; pero bien comprendía a quien se dirigían las nocturnas visitas; y aunque mucho se recreaba su femenil vanidad, se sentía amedrentada y temblorosa por la siniestra fama, los relucientes ojos y la formidable apostura del Tenorio, cuya silueta tenía ya bien conocida, por cierto.

Tan variadas y nunca sentidas impresiones, traían a Miz-Miz nerviosa y sobresaltada. Se espeluznaba toda ella, enarcaba el lomo, saltaba sin motivo, se escurría con nerviosos movimientos, lanzaba prolongados maullidos y se quedaba largos ratos con los ojos entornados, en actitud meditabunda, como persona preocupada y congojosa. Miz-Miz, lejos de huir del peligro, seguía asomándose a la ventana, esperando al nocturno visitante.

En tanto el caballero Montés andaba por el bosque, preocupado, intranquilo y ansioso de poner término a tan prolongados desvelos. Lo que en un principio fue aventura galante de las acostumbradas o amorío de poco más o menos se convirtió con los obstáculos y con la singular belleza de Miz-Miz en ardiente llama que atormentaba su valeroso pecho. Era lo más grave del caso que se sentía Zapirón ante su dama lleno de timidez invencible, turbado y confuso  por tan nunca sentida emoción; como Hércules, iba a caer vencido a los pies de Onfala.

Las ansias amorosas del felino Romeo, no podían sufrir muy larga espera; y una de aquellas noches en que el cielo se mostraba encapotado y el valle oscuro como el fondo de un pozo, se dirigió a buscar a su adorado tormento. Centelleante la febril mirada, tensos los músculos, erizado el recio pelaje y azotándose los flancos con la larga cola, avanzaba el héroe por entre los árboles con movimientos elásticos, tranquilidad felina y ademán resuelto. Se confundían sus pisadas con el ruido que hacía el viento al arrancar las hojas secas y saltando zanjas y agazapándose en los matorrales y escurriéndose por los estrechos bordos, se introdujo al fin en la granja, que yacía entregada al tranquilo reposo nocturno.

Los mastines, con culpable descuido, dormían tendidos cual largos eran, pero la escrutadora mirada del Montés no acertaba a distinguir si estaba allí la señora de sus pensamientos. La amorosa impaciencia lo había hecho adelantar seguramente la hora de las cotidianas visitas; pero era tal su anhelo que, sin poder contenerse, llamó a Miz-Miz con blanda y apasionada voz. Pasaron pocos momentos, y como evocado ensueño o poética fantasía, apareció silenciosamente la dama con su simbólico traje blanco propio de amorosa cita. Es cosa averiguada que, hasta entonces, el galán, por timidez o por decoro, no osó aproximarse a ella; pero en semejante ocasión se resolvió a correr todo riesgo y avanzó pocos pasos. Asustada la dama, retrocedió ante aquel formidable enamorado de cuerpo hercúleo y de cabeza de tigre. Se detuvo Zapirón conteniendo el aliento y todo azorado, en ademán de acecho; fijos los ojos en la entornada ventana por donde Miz-Miz desapareciera, se quedó en guardia, batiendo la larga cola con nervioso movimiento. Se asomó de nuevo Miz-Miz venciendo su natural timidez, la amorosa curiosidad que intrigado tenía su juvenil corazón. La vio el Montés, desahogó con un suspiro de satisfacción su acongojado pecho, y con despacioso andar se fue acercando a la dama, mostrando en sus actitudes la más fina galantería y el mayor recato, al mismo tiempo que ponía, en sus glaucos ojos la más tierna y humilde súplica. Cohibida y medrosa se recogía Miz-Miz; y cuando el galán ya cerca, muy cerca comprendió que era el momento decisivo, dio un rápido salto, la cogió por el cuello, y antes que ella pudiera darse cuenta de la sorpresa, con ligero movimiento de la cabeza, la echó sobre la espalda y emprendió la fuga. La aterrada Miz-Miz prorrumpe en un agudo grito, pero el raptor no se detiene. Ella intenta desasirse y lanza las voces de “¡Socorro!...” “¡A mí… socorro!...” Saltan frenéticos los mastines, pero el bravo Montés con indescriptible ligereza, sale a escape. Erguida la noble cabeza, erizados los agudos bigotes, jadeante, intrépido, huye en desenfrenada carrera con agilidad vertiginosa; pero los bravos mastines van ya a darle alcance. Sus formidables ladridos, resuenan en el silencio de la noche, a modo de airados apóstrofes o de gritos de reto lanzados contra tan indigno raptor. Como en el arte de la guerra no son novicios, se  dividen con movimiento envolvente: se queda uno de ellos a retaguardia hostigando al Montés mientras los otros dos trazando estratégico semicírculo, logran cruzarlo y, ya de frente, se lanzan con toda la energía de su imponente cólera. En tanto Miz-Miz ha sufrido un desmayo y en el arrebato de tan grande torbellino permanece como muerta.

Zapirón, como leal caballero y quijotesco enamorado, resuelto está a defender su conquista. Quiere retroceder pero se ve acosado; comprende que la lucha se impone. Se detiene pues en posición ventajosa; deja caer sobre el césped con gentil delicadeza su amorosa carga, y entonces se verifica una singular transformación: el galante y sentimental enamorado, se trueca en el formidable corsario avezado a los horrores de la lucha. Encorvado el lomo, erizadas las greñas, desenvainadas las cortantes garras se recoge sobre sí mismo, y rápido como el rayo, cae de un salto sobre el más próximo de sus enemigos, y lo recibe con recia dentellada. El combate es sangriento: de una parte la agilidad y la audacia manejando los agudos puñales de la garra: de otra el noble valor y los afilados dientes; ya el zarpazo cortante o el sangriento mordisco y acompañando el fragor de la lucha, grande vocerío de indignación y rápidas y enérgicas interjecciones del raptor.

Miz-Miz vuelta en sí de su desmayo se apercibió de la riña, y así que pudo tomar aliento, llena de estupor, confusa y desmelenada, huyó hacia la granja, deslizándose por entre los viñedos y volviendo a cada paso la cabeza como persona que huye de pavoroso espectro.

Los mozos de la granja, despertados por tan ruidoso escándalo, presididos por el mayordomo y armados de sendos garrotes y de veteranas escopetas, se dirigieron al lugar de la lucha. Zapirón distinguió en la oscuridad sus siluetas que avanzaban en son de ataque, volvió la vista, no encontró a Miz-Miz; comprendió que no le quedaba más recurso que la fuga, y con supremo esfuerzo, repartiendo mandobles con las garras, dando saltos de tigre y formidables embestidas, se abrió paso y fue a perderse en la tupida sombra del bosque impenetrable. Los mastines le persiguieron desesperadamente y quedaron en acecho largo rato, olfateando aquí, gruñendo allá y siempre en guardia; pero ya en la madrugada, convencidos de la inútil espera, se volvieron a la granja, no poco orgullosos de haber salvado a la noble dama.

¡Qué decir de los comentarios que en la comarca se hacían sobre tan nunca visto suceso! El prestigio del caballero Montés era motivo de leyendas y de cuentos maravillosos.

Cuanto a la fama granjeril, era el caso de aquellos que hacen época. Las señoras gallinas escucharon la noticia del rapto con cacareos de alarma: se enfadó el gallo, y sacudiendo las alas con no poca baladronada en medio del harem, lanzó reiteradas veces el do de pecho de su voz de tenor. Los conejos temerosos de su seguridad personal, celebraron acuerdo para no hacer nuevas correrías por los prados donde acostumbraban solazarse. Los pacientes borricos, meditabundos, en su carácter de filósofos, atribuían el rapto a naturales devaneos juveniles. Los corderos, las caballerías y hasta la cabra, trataron el punto por más de ocho días; pero nadie en la granja andaba más preocupado que los mastines: se reconocían obligados a defender los fueros de la vieja propiedad y a custodiar a la noble dama encomendada a su caballerosa hidalguía. Tal era su preocupación, que no se atrevían a descabezar un mal sueño, y pasaban la noche en vela, el día en acecho y tarde y mañana en guardia. Solo ella, Miz-Miz, escuchaba sin hacer comentarios todas las versiones, disimulando el natural rubor que el famoso suceso le causara; y aunque al día siguiente la agasajaban todos con mil demostraciones y le servían en el desayuno las más gustosas migas, se mostraba ella toda cohibida y espeluznada.

 Miz-Miz se sentía llena de temor y de cierto júbilo, al mismo tiempo; y por más que pensaba y por mucho que discurría, no acertaba a explicarse esta curiosa contradicción propia de enamoramiento de doncella recatada.

Se pasaron varios días llenos de intranquilidad previsora, tentativas arriesgadas, rondas nocturnas y no pocas peripecias; y cierta noche sobre cuya fecha hay dudosas opiniones, después de haber armado la gran bronca, entre vocerío y tumulto, el porfiado Zapirón salió al fin airoso en la aventura; arrebatando a Miz-Miz a despecho de caballerescos mastines y de mozos desalmados.

Se ha sabido después en la granja, por referencias de cierto pájaro parlero, que, en la madrugada del siguiente día, las primeras luces del alba vieron al nuevo Hércules rendido a los pies de Onfala: la blanca manecita de la princesa acariciaba con juguetona coquetería el nervudo rostro del valeroso caballero.


GUSTAVO VALCÁRCEL

 

Gustavo Valcárcel 

(Arequipa, 1921-1992)


Poeta y revolucionario. Es el andariego rojo de la poesía peruana que nació en Arequipa. Siendo niño se fue a Lima con su madre, de joven se hizo extremista, sufrió prisión, conoció el destierro, retornó más radical, frecuentó las ideas y las sedes de los países rojos, hasta que estos cayeron y murió pobre. Sus ideas han perdido un poco de prestigio, pero su poesía sigue siendo de lo mejor.


Himno al maíz

 Recitado por Giuliana Murgia


Se me hace agua la boca al pronunciar tu nombre

choclo de mi Perú

maíz del inca y grano del preínca

cancha ardiente de ternura

racimo de dientes espumosos

camino vegetal de las culturas

alma en vilo de la chicha

mote por los siglos madurado

semilla elemental de nuestra sangre

penacho donde el sabor se inclina

planta gemela de la dicha

ala con que el Perú viajó a la América

peldaño del alba de la historia

oro ancestral de la botánica

en hombros del tiempo subiste a Machupicchu

de mano del tiempo bajaste al litoral

eres la vida misma

material del que se hizo el nombre del Perú

vanguardia de la alimentación

destacamento de granos alineados

cabellera trenzada de leyendas

granada de amor inconmovible

savia donde navega el sueño

hermano orgullosos de la papa

fruto que naciste repartido

bandera de las comunidades indias

hostia andina

mazorca consagrada

maná imperial

perla del mito

bastón del ciego

refugio de los pobres

antorcha vegetal que siempre alumbra

compañero maíz de nuestras momias

camarada maíz de nuestras vidas

el paladar de la patria empieza en ti

y a partir de tus pezones blancos

choclo de mi Perú, Perú del choclo,

todos sentimos lactar la eternidad.

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Sonata arequipeña

Recitada por Giuliana Murgía



Eres el dominio más diáfano del sol

y el espejo preferido de la noche;

la luz de tu paisaje alumbra

el alma profunda de las cosas;

tu vida es transparencia,

canto lineal del verde con el blanco,

tenue música abrazada de la tierra.

 

Tu campiña llega de golpe a nuestros ojos

como un cuento tejido de esmeraldas;

tus volcanes se han hecho para amarlos

como a abuelos de barbas espumantes;

tu sillar partido en mil rectángulos

es la almohada donde tu historia duerme.

Contigo la claridad comienza

y hay asamblea general de las estrellas

en la hamaca de tiempo de tus noches.

 

Tu río, manantial del mito;

tus flores, color de pura fábula;

tus pueblos, macetas derramadas;

tus mujeres, amor con sangre que no duerme:

tus hombres, tierra de fuego del valor.

 

Arequipa, Arequepay,

suma de civismo,

resta de tiranos,

catarata de almas,

catedral del beso,

tambor de pura luz,

vajilla de la dicha,

clarísima ventana del Perú,

nieve perpetua de lo bueno,

vaso colmado de leyenda,

escala por donde baja el cielo,

descanso florido del crepúsculo,

relámpago verde  de los años,

Arequipa final

en donde la mejilla de la patria

es besada por todos de verdad.

LOS ESCULTORES MISTERIOSOS

 


AUDIOLIBRO

Mariano Ambrosio Cateriano 

(Arequipa, 1829-1915)

Los escultores misteriosos

Tradición

Leído por Willard Díaz Covarrubias

Música de Pedro Rodríguez Chirinos

1

El año de 1680, se concluyó el hermoso templo de Santo Domingo de cal y canto, el mismo que existe hasta el día, y apenas quedó asentada la última piedra cuando empezaron los reverendos a ornamentarlo con el decoro correspondiente al orgullo dominicano.

Dos años después, el Provincial de la orden mandó de Prior a este convento, a fray Manuel Chavarría, fraile de campanillas, de gran cogote y mucho peso, no tanto por lo macizo de su venerable humanidad, cuanto por los doblones que traía. Regresaba a su país natal Arequipa después de haber gobernado los conventos de Chuquisaca y el Cuzco, en la poderosa provincia de Santo Domingo del Perú, que se extendía entonces desde el istmo de Panamá hasta el cerro de Potosí, y venía decidido a emplear en beneficio de su convento la renta de sus dos prioratos.

Cierto día echó fray Manuel la vista sobre las efigies de la iglesia y advirtiendo que faltaba la del crucificado; se propuso colocar a toda costa una que fuese el non plus de todas las perfecciones para lo cual requirió en los reinos de España algún famoso escultor, que fuese un nuevo Benvenuto Cellini.

Su Paternidad conocía la famosa efigie del Señor de Burgos (en España), no menos que la copia que de ella existe en la iglesia de San Agustín de Lima; pero no se conformaba con una que fuese igual en perfección a las de Burgos, sino que las excediese.

Pasaban los tiempos.

Y no se presentaba ningún escultor.

Y Fray Manuel casi perdía la esperanza de ver colocada en los altares de su iglesia la efigie que deseaba.

 

2

 

Dos jóvenes de agradable aspecto y de limpios vestidos, entraron un día al convento de Santo. Domingo buscando al Prior, y al topar con el padre Pinto preguntaron por él. Fray Camilo calándose la birreta y siguiendo su camino, les contestó secamente: «está diciendo misa».

Los jóvenes entraron a la iglesia, y media hora después platicaban con el prelado dominicano manifestando el más vivo interés.

Eran éstos (según su dicho propio) escultores muy entendidos que iban a ofrecer sus servicios al reverendo Chavarría en la obra de sus ensueños. El Prior no creyó a los desconocidos: juzgólos por follones escamoteadores de la bolsa prioral.

Mas después de algunas vueltas y revueltas en el asunto, aceptó al fin la propuesta que no pudo ser más ventajosa para Su Reverencia.

Trabajaremos, le dijeron los escultores, el Santo Cristo y si después de concluido es de la aprobación de Su Paternidad y de toda la venerable corporación, se quedará con él recibiendo nosotros el precio convenido, y en el caso de que le echen balota negra, cargaremos con nuestro Cristo sin dar ni recibir nada.

Amén, dijo Chavarría: no se habló más sobre el asunto y el contrato quedó ajustado.

Exigieron los artistas para sus labores un local separado y del todo independiente, prohibiendo la entrada a toda persona mientras ellos trabajasen.

El de Chavarría no encontró en todo el convento otro más a propósito que la celda prioral, y dejándola a disposición de los artistas, se fue a pasar unos días de noviciado. Los escultores tomaron la llave y cerraron las puertas por la parte interior.

 

3

 

Los artistas se volvieron almitas; no se vieron herramientas, ni material ni preparativo alguno para el trabajo y las puertas de la celda prioral, cerradas a piedra y lodo. Mientras tanto las dudas del Prior se aumentaban y su ansiedad se convertía en impaciencia. Al fin, cierto día, resuelto a romper con los escultores fue a pulsar las puertas de la celda prioral. Mas apenas se hubo acercado se abrieron al sólo moverlas.

Grande fue su admiración cuando al penetrar encontró colocada sobre una mesa la hermosa efigie del crucificado de rara perfección. Inmediatamente hizo tocar a capítulo y reunida la comunidad le descubrió la maravilla. El definitorio y los teólogos de la orden declararon el hecho sobrenatural y milagroso. Concurrieron todos desde el regente mayor hasta el último sacristán a la supradicha celda donde después de algunas salmodias llevaron al crucifijo en procesión a la Iglesia.

Extendida por la ciudad en pocos minutos la noticia de semejante maravilla, fue tan numerosa la concurrencia, que en los cuatro primeros días apenas pudieron cerrar las puertas a las 12 de la noche, expeliendo a la gente de la Iglesia.

El virrey Conde de Lemos, se hallaba de tránsito en Arequipa cuando fue a sofocar la insurrección habida en Puno en las minas de Salcedo y S. E. que era el tipo de piedad y devoción contribuyó a la del SEÑOR DE LA VERA CRUZ.

Por esto se ha dicho siempre en esta ciudad que la efigie que hemos nombrado fue obra de los ángeles.


ALBERTO VEGA HERRERA



Alberto Vega Herrera

(Arequipa, 1932)


Jugó de niño a orillas del Chili, lloró por una cometa en forma de avión que se le fue volando por Sabandía, aprendió a madrugar; soñó de joven con cambiar el mundo, escribió su primer poema dedicado a aquella co­meta; trabajó en la Universidad San Agustín durante 31 años, y se le fue volando la vida; ahora tiene 80 años, se levanta temprano, trota, compra el pan caliente y no piensa llorar porque un día la cometa salga volando para siempre. Sus poemas son sencillos, y también sus temas, como la pelota, que pertenece, junto a la cometa, a la “patria de la niñez” de todos.

La pelota

Poema

Leído por el poeta

 Por ella supe cómo es el mundo.


 Como un cachorro tierno y brillante

una mañana de navidad llegó hasta mí.

 

Tenía vida. Me conversaba.

En cada bote viajaba al cielo.

Dormía siempre a mi cabecera

y a media noche me contemplaba.

 

¡Oh qué partidos los que jugué!

Nunca perdí con mi pelota.

 

En aquel tiempo, de madrugada,

mis compañeros me despertaban,

salía entonces dando mil botes, volaba al cielo

y antes que el sol

nos alumbraba.

 

Pelota mía ¡oh mundo mío

de aquel entonces!

de tu esplendor sólo me queda

tu vuelo al cielo,

de tu esplendor sólo me queda

un viaje largo,

una partida.

 

Pelota mía, pequeña tierra

deshabitada de mi gran juego,

aún recuerdo aquel día oscuro

que te lancé hasta las nubes

y tú no bajaste

para contarme cómo es el vuelo

¡y te quedaste con las estrellas!

Aún recuerdo mi primer llanto,

mi primer canto. Mi amor perdido.


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El diablo en la Catedral

Recitado por el poeta

Los rasgos de su rostro son precisos

y pertenece a la raza blanca

desde este punto de vista

un racista diría que es perfecto.

 

Bien rasurado

su pelo largo está a la moda

y su edad indefinible lo pone siempre joven.

 

¿Que hace el demonio en esta catedral

en medio de tanta santidad

y enroscado al pie del púlpito

como una lengua larga

que ha agotado sus sermones?

 

¿Acaso su presencia es un mensaje críptico

con resonancias de parábola?

 

Debe haber un poco más de respeto por el diablo

él es también Dios pero del otro bando

y estuvo a punto de la captura del poder.

 

Se supone que viene del infierno

por eso su cuerpo esta tostado

aunque en el fondo es tan claro

como cualquier divinidad de esta iglesia.

 

Me da mucha pena

este pobre diablo importado de París

al que le pesa mucho el corazón

porque se nota que está sufriendo de verdad

y no como las caras de los mártires

que parecen gozar

con un dolor profesional en sus altares

sobre todo cuando se sienten observados

o cuando se echan al vuelo las campanas.

 

Por lo demás es igual a cualquiera de nosotros

y si bien tiene cola y alas remotas de vampiro

se podría pensar que es un asunto mitológico.

 

Hace tanto tiempo de su célebre motín

que ya olvidó por qué tiene cachos

vuelo frustrado y alma de dragón.

 

Su boca entreabierta

está a punto de una atroz revelación

y su mirada fija como la de los agónicos

atormentan sin pausa el más allá.

 

Debe tener un problema de angustia existencial

pues a este templo

entran más a verlo a él que a Dios.

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En mi patria de niñez

Recitado por el poeta


En mi patria de niñez,

en el tiempo en que los dulces

se derretían en mis manos,

en Arequipa, fanal de un cielo legendario,

ciudad rodeada de altura y de horizonte,

calles mías sin asfalto

en cuyas piedras me rompía las rodillas,

casa mía con ventanas que fueron mis primeros ojos,

sauces hoy segados

y que en cada rendija ocultaron para siempre

el pequeño mapa del tesoro de mi infancia.

Mi niñez fue un overol de remiendos maternos

azulado por añeja tristeza,

un trompo que se partió en dos

sin haber cumplido su misión de remoler,

una cometa que no pude controlar

y cuyos restos vuelan todavía.