sábado, 14 de octubre de 2023

LOS ESCULTORES MISTERIOSOS

 


AUDIOLIBRO

Mariano Ambrosio Cateriano 

(Arequipa, 1829-1915)

Los escultores misteriosos

Tradición

Leído por Willard Díaz Covarrubias

Música de Pedro Rodríguez Chirinos

1

El año de 1680, se concluyó el hermoso templo de Santo Domingo de cal y canto, el mismo que existe hasta el día, y apenas quedó asentada la última piedra cuando empezaron los reverendos a ornamentarlo con el decoro correspondiente al orgullo dominicano.

Dos años después, el Provincial de la orden mandó de Prior a este convento, a fray Manuel Chavarría, fraile de campanillas, de gran cogote y mucho peso, no tanto por lo macizo de su venerable humanidad, cuanto por los doblones que traía. Regresaba a su país natal Arequipa después de haber gobernado los conventos de Chuquisaca y el Cuzco, en la poderosa provincia de Santo Domingo del Perú, que se extendía entonces desde el istmo de Panamá hasta el cerro de Potosí, y venía decidido a emplear en beneficio de su convento la renta de sus dos prioratos.

Cierto día echó fray Manuel la vista sobre las efigies de la iglesia y advirtiendo que faltaba la del crucificado; se propuso colocar a toda costa una que fuese el non plus de todas las perfecciones para lo cual requirió en los reinos de España algún famoso escultor, que fuese un nuevo Benvenuto Cellini.

Su Paternidad conocía la famosa efigie del Señor de Burgos (en España), no menos que la copia que de ella existe en la iglesia de San Agustín de Lima; pero no se conformaba con una que fuese igual en perfección a las de Burgos, sino que las excediese.

Pasaban los tiempos.

Y no se presentaba ningún escultor.

Y Fray Manuel casi perdía la esperanza de ver colocada en los altares de su iglesia la efigie que deseaba.

 

2

 

Dos jóvenes de agradable aspecto y de limpios vestidos, entraron un día al convento de Santo. Domingo buscando al Prior, y al topar con el padre Pinto preguntaron por él. Fray Camilo calándose la birreta y siguiendo su camino, les contestó secamente: «está diciendo misa».

Los jóvenes entraron a la iglesia, y media hora después platicaban con el prelado dominicano manifestando el más vivo interés.

Eran éstos (según su dicho propio) escultores muy entendidos que iban a ofrecer sus servicios al reverendo Chavarría en la obra de sus ensueños. El Prior no creyó a los desconocidos: juzgólos por follones escamoteadores de la bolsa prioral.

Mas después de algunas vueltas y revueltas en el asunto, aceptó al fin la propuesta que no pudo ser más ventajosa para Su Reverencia.

Trabajaremos, le dijeron los escultores, el Santo Cristo y si después de concluido es de la aprobación de Su Paternidad y de toda la venerable corporación, se quedará con él recibiendo nosotros el precio convenido, y en el caso de que le echen balota negra, cargaremos con nuestro Cristo sin dar ni recibir nada.

Amén, dijo Chavarría: no se habló más sobre el asunto y el contrato quedó ajustado.

Exigieron los artistas para sus labores un local separado y del todo independiente, prohibiendo la entrada a toda persona mientras ellos trabajasen.

El de Chavarría no encontró en todo el convento otro más a propósito que la celda prioral, y dejándola a disposición de los artistas, se fue a pasar unos días de noviciado. Los escultores tomaron la llave y cerraron las puertas por la parte interior.

 

3

 

Los artistas se volvieron almitas; no se vieron herramientas, ni material ni preparativo alguno para el trabajo y las puertas de la celda prioral, cerradas a piedra y lodo. Mientras tanto las dudas del Prior se aumentaban y su ansiedad se convertía en impaciencia. Al fin, cierto día, resuelto a romper con los escultores fue a pulsar las puertas de la celda prioral. Mas apenas se hubo acercado se abrieron al sólo moverlas.

Grande fue su admiración cuando al penetrar encontró colocada sobre una mesa la hermosa efigie del crucificado de rara perfección. Inmediatamente hizo tocar a capítulo y reunida la comunidad le descubrió la maravilla. El definitorio y los teólogos de la orden declararon el hecho sobrenatural y milagroso. Concurrieron todos desde el regente mayor hasta el último sacristán a la supradicha celda donde después de algunas salmodias llevaron al crucifijo en procesión a la Iglesia.

Extendida por la ciudad en pocos minutos la noticia de semejante maravilla, fue tan numerosa la concurrencia, que en los cuatro primeros días apenas pudieron cerrar las puertas a las 12 de la noche, expeliendo a la gente de la Iglesia.

El virrey Conde de Lemos, se hallaba de tránsito en Arequipa cuando fue a sofocar la insurrección habida en Puno en las minas de Salcedo y S. E. que era el tipo de piedad y devoción contribuyó a la del SEÑOR DE LA VERA CRUZ.

Por esto se ha dicho siempre en esta ciudad que la efigie que hemos nombrado fue obra de los ángeles.


ALBERTO VEGA HERRERA



Alberto Vega Herrera

(Arequipa, 1932)


Jugó de niño a orillas del Chili, lloró por una cometa en forma de avión que se le fue volando por Sabandía, aprendió a madrugar; soñó de joven con cambiar el mundo, escribió su primer poema dedicado a aquella co­meta; trabajó en la Universidad San Agustín durante 31 años, y se le fue volando la vida; ahora tiene 80 años, se levanta temprano, trota, compra el pan caliente y no piensa llorar porque un día la cometa salga volando para siempre. Sus poemas son sencillos, y también sus temas, como la pelota, que pertenece, junto a la cometa, a la “patria de la niñez” de todos.

La pelota

Poema

Leído por el poeta

 Por ella supe cómo es el mundo.


 Como un cachorro tierno y brillante

una mañana de navidad llegó hasta mí.

 

Tenía vida. Me conversaba.

En cada bote viajaba al cielo.

Dormía siempre a mi cabecera

y a media noche me contemplaba.

 

¡Oh qué partidos los que jugué!

Nunca perdí con mi pelota.

 

En aquel tiempo, de madrugada,

mis compañeros me despertaban,

salía entonces dando mil botes, volaba al cielo

y antes que el sol

nos alumbraba.

 

Pelota mía ¡oh mundo mío

de aquel entonces!

de tu esplendor sólo me queda

tu vuelo al cielo,

de tu esplendor sólo me queda

un viaje largo,

una partida.

 

Pelota mía, pequeña tierra

deshabitada de mi gran juego,

aún recuerdo aquel día oscuro

que te lancé hasta las nubes

y tú no bajaste

para contarme cómo es el vuelo

¡y te quedaste con las estrellas!

Aún recuerdo mi primer llanto,

mi primer canto. Mi amor perdido.


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El diablo en la Catedral

Recitado por el poeta

Los rasgos de su rostro son precisos

y pertenece a la raza blanca

desde este punto de vista

un racista diría que es perfecto.

 

Bien rasurado

su pelo largo está a la moda

y su edad indefinible lo pone siempre joven.

 

¿Que hace el demonio en esta catedral

en medio de tanta santidad

y enroscado al pie del púlpito

como una lengua larga

que ha agotado sus sermones?

 

¿Acaso su presencia es un mensaje críptico

con resonancias de parábola?

 

Debe haber un poco más de respeto por el diablo

él es también Dios pero del otro bando

y estuvo a punto de la captura del poder.

 

Se supone que viene del infierno

por eso su cuerpo esta tostado

aunque en el fondo es tan claro

como cualquier divinidad de esta iglesia.

 

Me da mucha pena

este pobre diablo importado de París

al que le pesa mucho el corazón

porque se nota que está sufriendo de verdad

y no como las caras de los mártires

que parecen gozar

con un dolor profesional en sus altares

sobre todo cuando se sienten observados

o cuando se echan al vuelo las campanas.

 

Por lo demás es igual a cualquiera de nosotros

y si bien tiene cola y alas remotas de vampiro

se podría pensar que es un asunto mitológico.

 

Hace tanto tiempo de su célebre motín

que ya olvidó por qué tiene cachos

vuelo frustrado y alma de dragón.

 

Su boca entreabierta

está a punto de una atroz revelación

y su mirada fija como la de los agónicos

atormentan sin pausa el más allá.

 

Debe tener un problema de angustia existencial

pues a este templo

entran más a verlo a él que a Dios.

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En mi patria de niñez

Recitado por el poeta


En mi patria de niñez,

en el tiempo en que los dulces

se derretían en mis manos,

en Arequipa, fanal de un cielo legendario,

ciudad rodeada de altura y de horizonte,

calles mías sin asfalto

en cuyas piedras me rompía las rodillas,

casa mía con ventanas que fueron mis primeros ojos,

sauces hoy segados

y que en cada rendija ocultaron para siempre

el pequeño mapa del tesoro de mi infancia.

Mi niñez fue un overol de remiendos maternos

azulado por añeja tristeza,

un trompo que se partió en dos

sin haber cumplido su misión de remoler,

una cometa que no pude controlar

y cuyos restos vuelan todavía.


viernes, 13 de octubre de 2023

EL FANTASMA DE LA CATEDRAL

 

AUDIOLIBRO

Enrique Portugal Paredes

Arequipa, 1912-1960

El fantasma del callejón de la catedral

Cuento

Leído por Willard Díaz Covarrubias

Música de Pedro Rodríguez

El callejón de la Catedral tuvo fama siempre de ser guarida de fantasmas, de sacerdotes sin cabeza, de almas en pena y de ensortijadas brujas.

Cuando aún el callejón estaba empedrado y se distinguía por su mal olor y obscuridad, toda la población de Arequipa y sus contornos afirmaba que desde allí salían todas las noches, a las doce en punto, el condenado “padre sin cabeza”, la terrorífica “mula herrada” y otros fantasmales seres extraterrenales, quienes luego de espantar y atemorizar a la ciudad entera, se recogían a la madrugada.

Todos creían estas historias, y muchas más. Menos yo, que desde niño me hice incrédulo a tantas y tan raras supersticiones de “aparecidos” y fantasmas.

He dicho que fui un incrédulo, pero... mejor es que comience a narrar cierto suceso que me ocurrió una madrugada, en el día de San José.

Tendría apenas cinco años cuando comencé a escuchar las más espeluznantes historias de terror y muerte, de brujerías y fantasmas, y de extrañas como dramáticas versiones que tenían por aquelarre nada menos que el nauseabundo y oscurísimo callejón de la Catedral.

Oí contar aterido, por ejemplo, con minuciosos detalles, la historia de la viuda en pena que todos los viernes salía del callejón en busca del infame que, tras despojarla de su fortuna, había “tirado a los perros” el buen nombre de su marido. De aquella bella y sugestiva damisela arequipeña, muerta trágicamente y más tarde convertida en terrible monstruo dientudo que hacía su aparición los martes en seguimiento de todos los enamorados retrasados como venganza porque un don Juan de aldea la había engañado sentimentalmente. Del joven sacrílego, hijo de una familia copetuda, muerto al caer desde el murallón de la iglesia donde robó el cáliz, que tomando la forma de furioso perro arrojaba fuego y humo por ojos y narices, y que vagaba todas las noches como castigo de redención a su terrible falta.

En fin, se contaban las más variadas historias que, noche a noche, rodeando todos los hermanos la cordial mesa donde el té era también una caricia del hogar, escuchábamos sobresaltados, poblándonos la cabeza de mil y una fantasmerías, para horror y espanto de mis hermanos y amiguitos de la ancha casona de Palacio Viejo.

Una noche, en que una antigua vecina nos narraba todos esos infernales cuentos, proclamé yo, ante la sorpresa de mis hermanos y amigos, mi osada desfachatez de muchacho incrédulo –contaba entonces con diez años–, abriendo insolente el abanico de mi valentía.

Interrumpiendo el crispante relato del “padre sin cabeza”, aquel que al morir quedó penando por no haber dado el cumplimiento sagrado hecho ante él por una moribunda para que a su muerte celebrara treinta misas, me planté en el centro mismo de la sala, y dije en forma insolente y hasta agresiva:

—Todas esas historias son una mentira. La más absurda mentira. Y para que todos comprueben que es verdad lo que yo afirmo, mañana mismo, a las doce en punto de la noche, atravesaré lentamente el callejón de la Catedral.

Todos me miraron sorprendidos —no sé si por mi soltura o por mi irrespetuosidad—, en tanto mi madre me dirigía una mirada de desaprobación como queriendo decirme que no debía poner en duda verdad tan generalmente aceptada.

Pero entonces uno de mis hermanos, en tono burlón, replicó muy suelto de huesos.

—¿Y qué seguridad tendríamos nosotros de que tú vas a pasar por el callejón de la Catedral a las doce en punto de la noche?

Hombrecito yo de rápida concepción, propuse lo siguiente:

—Para que todos estén seguros de que iré, y que no existen tales fantasmas ni tonterías hechizadas, vamos a convenir con el zapatero Fermín Domínguez, el que nos hace los zapatos y vive justamente a mitad del callejón de la Catedral, que antes de retirarse hasta el fondo de su habitación, o sea alrededor de las diez y media de la noche, ponga en algún lugar convenido, quizá sobre la puerta de calle que da al callejón, algún objeto que ustedes mismos me entregarán. Naturalmente, yo saldré de aquí a las doce menos cinco minutos y ya verán que regresaré media hora después, con el objeto aludido y sonriendo por la satisfacción de haber tirado por tierra con tantas falsas historias de “condenados” y de “aparecidos”.

Y así fue.

Juntamente con dos de mis hermanos y un vecino, fuimos a la mañana siguiente a ver a Domínguez. Lo convencimos de que mi “temeridad” no era tal sino apenas una pequeñez, y luego de entregar al zapatero un viejo rosario de mi madre –inconfundible e insubstituible–, quedamos en que don Fermín lo pondría sobre la parte alta de la puerta de calle, lógicamente sin hacer saber a persona alguna del trato, por temor de que fuese robado o me hicieran una pesada broma, atribuible luego a los “fantasmas en penitencia”.

Faltaba sólo convencer a mi madre para que me dejase salir a media noche, cosa que por suerte no costó mucho trabajo, seguramente porque mi madre tampoco creía en tan raras como endemoniadas historietas.

Todos, absolutamente toda la familia, aguardaron en pie hasta las doce menos cinco mi salida, hora en que haciendo un gesto de varonil osadía, dije muy despectivamente:

—¡Ya verán cómo esta noche caen por el suelo esos cuentos tejidos exclusivamente para engañar a la gente crédula y timorata!

Confieso que, en el fondo, no me sentía ya muy tranquilo, pues tanto había oído hablar de los “aparecidos” y escuchado las narraciones tan cuajadas de pelos y señales, que la cosa no era como para tener el espíritu que yo venía aparentando desde el día anterior.

Alrededor de las once y media iba ya a retractarme, pues un secreto miedo me oprimía el corazón, pero el sólo pensamiento de que mi actitud podía caer en el más espantoso ridículo, marcándome para toda la vida como un cobarde, me empujó a cumplir con mi desafío.

¡Qué frío hacía cuando, ante las temerosas miradas de mis hermanos, salí de la vieja casona de Palacio Viejo! Pasé por frente al Cuartel de Policía, seguí hacia la Plaza de Armas, continué ya más lentamente por el Portal de Flores, proseguí hacia la calle San Francisco y, cuando estuve frente a uno de los extremos del callejón de la Catedral, me detuve fuertemente impresionado. Miré hacia uno y otro lado. ¡Ni un alma! Ni siquiera un alma en pena.

Una ráfaga de viento frío me hizo poner carne de gallina. O tal vez sería por el temor que de mí se apoderaba paulatinamente. En el instante en que me decidía a atravesar el callejón, para salir por el lado donde quedaba la ancha puerta de la antigua Casa Forga, el destemplado chillido de una lechuza de esas que se meten por las claraboyas de la Catedral para beberse el aceite de las lamparitas sacras, me sobrecogió de terror.

¡Qué hacer! Reaccioné rápidamente y, silbando para ahuyentar mi miedo, me encaminé hacia la puerta. Crucé entre sombras, hálitos de desperdicios, viento helado y murmullos de sobresalto. Por fin llegué hasta el lugar convenido, me erguí todo lo que pude y descolgué el rosario puesto dos horas antes por Domínguez.

Esta tarea había sido ciertamente facilitada por don Fermín, pues para darme coraje, había tenido el buen tino de dejar a mitad del estrecho zaguán de la casa un farolito encendido, cuya luz se filtraba hacia el callejón por las anchas hendijas de la agrietada puerta.

Faltaba sólo ahora recorrer la otra mitad del callejón para salir triunfante por la calle Santa Catalina, seguir por los portales de San Agustín y de la Municipalidad, luego por Ejercicios y finalmente desembocar en Palacio Viejo, donde mi madre, hermanos y vecinos me aguardaban con verdadera ansiedad. Desde luego, yo ingresaría con aires de gran importancia, afirmando frases de sobrado efectismo, como si hubiese conquistado el mundo entero. Todo esto pensaba.

E inicié el camino de regreso con la palpable prueba entre mis manos.

Habría caminado unos cinco metros, cuando de pronto, me topé —quizá éste sea el verdadero término—, nada menos que con el fantasmal fraile sin cabeza. Tan luego yo, descreído en este tipo de apariciones.

Naturalmente, quedé helado, o mejor diré transpirando un sudor frío, característico de la impresión que dicen se apodera de las víctimas del terror y el pánico.

El hecho cierto fue que tan fantástica como amenazadora visión se acercaba hacia mí, con paso lento y desacompasado.

Pero, ¿efectivamente esta figura de fraile carecía de ca­beza? En verdad, no se le distinguían facciones de la cara o figura de cabeza, pero en cambio llevaba levantada sobre los hombros la clásica capucha franciscana.

Para detener o amortiguar mi impresión de susto, traté no obstante de descubrir la cara del tan raro fantasma, aprovechando una franja de tenue luz proveniente del débil farolillo dejado por el zapatero, que se filtraba por una de las hendiduras de la puerta. Pero no vi dentro de la capucha más que una sombra provocada por el vacío. ¡Entonces era verdad aquello de la nocturna aparición del fraile sin cabeza!

A todo esto, el fantasma avanzaba cada vez más.

Cuando se encontraba ya a un escaso metro del lugar donde el terror me había paralizado, la tensión de mis nervios, para mis pocos años, no pudo resistir más, y creo que caí sin sentido, o seguramente ahogado por una emoción que me nublaba la vista y me impedía correr. Los oídos me zumbaban como un enfurecido colmenar.

Calculo que pasarían unos diez minutos cuando al recuperar a medias el sentido, oí una amable voz que me decía:

—¿Qué haces a esta hora en el callejón de la Catedral?... ¡No te asustes!... soy yo, Fray Palomino.

Ciertamente era Fray Palomino, el bondadoso frailecito a quien había conocido de vista en oficios religiosos y en procesiones callejeras.

Al ver que no reaccionaba yo en la medida en que él  deseaba, aún me aclaró para alejarme por completo de toda duda:

—Te repito que soy yo, Fray Palomino; me he retrasado arreglando en la Catedral el altar de San José, pues mañana, o mejor dicho hoy, es su fiesta y necesitaba  engalanarlo con manteles nuevos y muchas flores para la misa de comunión que será celebrada a las 7 de la  mañana, es decir dentro de pocas horas.



GUILLERMO MERCADO

 


Guillermo Mercado 

Arequipa, 1901-1983


Fue buen profesor, pero mejor poeta. Hallándose en Lima, quiso realizar el sueño de los poetas, de  irse a Francia, pero el destino le jugó una mala pasada. Durante cuarenta años se dedicó a la docencia de párvulos, seguramente que “con infinito cariño”; pero su verdadera vocación siguió siendo la poesía. Sus versos eran de inspiración popular, hablaba del campo y de los cholos, como Percy Gibson, pero con infinito más conocimiento y sentimiento. Por esto era un mejor poeta. Lo fantástico hubiese sido que como profesor también hubiese podido labrar y pulir el alma infantil, igual que  sus versos.


 Mis credenciales

Poema

Recitado por Giuliana Murgía

Música de Pedro Rodríguez


Arequipa, soy hijo tuyo

porque

desde el vientre sagrado ya sentía

la danza de velos de tus madrugadas,

la tónica gimnasia de tus volcanes

y la marcha civil de tus muchedumbres.

 

Porque

al nacer mis ojos bebieron tu cielo

azucarado de estrellas;

y tu Sol inauguró radiante

esta ciudad de luz en mi destino.

 

Porque

prendieron en mi alma

los violines gitanos de tus crepúsculos,

y yo comencé a leer

la soledad del hombre

en las silabas claras de tus arroyos.

 

Porque

las rebeldías de tu historia

templaron y nutrieron los surcos de mis años,

y el viento de tus infortunios

cavó más hondo mi corazón de arequipeño.

 

Porque

las campesinas guitarras de tus tardes

acompañaron al yaraví de mis ausencias,

y el aroma de tus huertos en el aire

hacía más dulces las esperas de mi madre.

 

Porque

esta voz que tengo

emana de las rocas cordiales de tu pueblo;

y el poema que te canto

es la bandera enarbolada de tu sangre.

 

Arequipa,

porque en tu corazón

hecho de lava y de ternura

me consta que la Patria atribulada

se sirve el real fermento

de su libertad sagrada,

cada vez que se alza pálida

cuando los lobos y  vampiros succionan.

 

Porque en ese corazón

yo tengo un surco

en el que cosecho mis poemas,

que entrego a mis hermanos y a los hombres;

envueltos en el aliento

de mi tristeza y tu bravura.

 

Porque

me armaron hijo tuyo

el acuerdo musical de tus paisajes,

la firme decisión de tus montañas

y la aclamación de tus alas de mañanas.

 

Por eso

yo soy arequipeño.


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Cholita

Poema

Recitado por Giuliana Murgia

1 

 

CHOLA, cholita, te van diciendo

los árboles abuelos de la carretera

 

es que te vieron nacer

quizá como un matecllo, de la acequia, del vientre de tu madre

 

a toda corriente, a toda corriente

 

y te has crecido como una mañana

para pasear por los campos, arreando con el látigo de tus gritos

 

manadas de nubes

 

pasas colgando en las ramas

 

tus cantos mojados de madrugada

para que los oree el Sol

en tu cara retoza la alegría de los jilgueros

como el agua clara

 

mientras van choleando, c h o l e a n d o

tus faldas de franela

 

2

 

al mediodía en punto, en el maizal a todo viento

de tu edad

florece el choclo bien granado de tu risa.


miércoles, 11 de octubre de 2023

LA LEYENDA DEL INDIO DORMIDO


AUDIOLIBRO

César Delgado Díaz del Olmo

Arequipa, 1950

 La leyenda del indio dormido

Tradición

Leída por Willard Díaz Covarrubias

Música de Pedro Rodriguez

En aquel tiempo el paraíso estaba al este de Arequipa, en la parte alta del valle, donde la antigua raza puquina construyó en los cerros unos hermosos andenes, que parecían jardines colgantes. Cansados ya de trabajar para los dioses en Tiahuanaco, los puquinas prefirieron enfrentarse al desierto y convertirlo en un vergel. Desde los deshielos del Pichu Pichu conducían el agua por canales subterráneos hasta la ciudad de Choquellampa o Sahuaca, que era su capital.

En la parte alta de la ciudad se alzaba el santuario de la Luna, que en la antigua lengua uro-puquina se llamaba Quiapi. Dos veces al año se abrían las puertas de este templo misterioso para rendirle los tributos de admiración y reconocimiento.

El último Sinchi de los puquinas fue Sacrun, que reinó por los años 900 ó 950 después de J.C., cuando se produjo la invasión de los colla-aymaras del altiplano.

Cuenta la tradición que estos se presentaron ante las fronteras del señorío puquina como una avalancha incontenible, capitaneados por su jefe Churajón, de instintos sanguinarios y feroces.

Los dos ejércitos se encontraron en la pampa de Uzuña. Todo un día se peleó con arrojo invencible. La victoria, hasta el mediodía, se presentaba indecisa. Sólo en las primeras horas de la tarde empezó el fiel de la balanza a inclinarse en favor de los collas. Cuando se esperaba una poderosa reacción de los defensores por haber llegado refuerzos de Puquina y de Omate, una flecha perdida atravesó el pecho de Sacrun, que cayó mortalmente herido.

La muerte del gran jefe puquina causó terror y espanto en sus ejércitos, que huyeron por los cerros. La victoria se decidió entonces en favor de los collas, que dejaron la pampa de Uzuña cubierta de cadáveres. Por fin, la noche, benigna y compasiva, se apresuró a cubrir con su negro manto aquel triste cuadro de dolor.

Los vencedores entraron a sangre y fuego en la gran capital del señorío puquina, sacrificando de la manera más cruel a todos sus habitantes, sin exceptuar mujeres y niños.

Churajón sólo dejó con vida a la princesa Tuana y a su hermano Ñawan, sus trofeos de guerra. La hermosura de Tuana, la última princesa puquina, había despertado la lujuria y la furia de Churajón. De aspecto repulsivo, con cara de sapo gigante salido del fondo del lago Titicaca, Churajón esperaba que los hijos de Sacrun se le echaran a los pies, suplicándole por su vida. Quería que se humillaran ante él para poder mostrarse generoso, especialmente con la princesa Tuana.

Mientras decidía su destino, los tenía encerrados en el templo de la diosa Luna, que no se había atrevido a destruir. Durante la tercera noche después de la batalla, que coincidía con la luna nueva, los hermanos notaron que los guardias habían desaparecido, como si la tierra se los hubiese tragado. Al salir del templo los encontraron tirados en el suelo, embriagados por la chicha sagrada curada con callampas, los hongos mágicos. Tuana era la sacerdotisa del templo de la diosa Quiapi, y sabía como administrar estos potentes brebajes.


Así los hermanos pudieron escapar de la ciudad incendiada y del campamento de los feroces collas que dormían sin cuidarse de nada. Cruzaron la pampa de Uzuña, donde deambulaban entre los cadáveres insepultos los fantasmas de los miles de puquinas muertos. En la primera apacheta que encontraron al terminar la pampa, volvieron la mirada a lo que había sido la esplendorosa ciudad de los puquinas. Se despidieron de su padre el rey Sacrun, que el cruel Churajón, en un acto inesperado de piedad, les había permitido sepultarlo librando su cuerpo de las vejaciones de los enemigos, aunque a costa de todos los tesoros de los puquinas.

Mientras duró la noche pudo protegerlos la Mamacha Quiapi, pero apenas despuntaron los primeros rayos del sol se alborotó el campamento enemigo al descubrir la fuga de los príncipes. Churajón, furioso, había anunciado ya la muerte de todos los guardias si no le traían a los fugitivos. Él mismo se dispuso a perseguirlos, montado en sus andas de guerra, apurando continuamente a sus cuarenta porteadores collas.

Los hermanos seguían huyendo por las pampas de Tumbambaya y Candabaya encontrando solo corrales vacíos y chozas incendiadas. Mientras corrían por las partes llanas solo tenían que sortear los duros penachos de ichu, pero en los cerros las espinas les herían los pies, y las corotillas se les pegaban al kutsi, la camisa talar de los puquinas. Los enemigos siempre los tenían a la vista y nunca les daban descanso. Así cruzaron por los caseríos de Aguagüena, Chucmullo, Illiguaya, Totorani, pero no podían sacarles ventaja a los perseguidores. En Tuctumpaya sucedió algo portentoso. Churajón, cada vez más furioso, se irguió sobre sus andas, sacó su honda y comenzó a lanzarles a los hermanos tremendos disparos que dieron al pie de un cerro de donde comenzó a bullir un torrente de lodo, a manera de lava fría, brotando como un alud incontenible que se desbordaba por la ladera. Los hermanos a duras penas lograron escapar, corriendo siempre hacia el este, en dirección al Pichu Pichu. Mientras escapaban, ambos se repetían la palabra de aliento que los puquinas en las cosechas coreaban: Ua-ka-le, Ua-ka-le que en su lengua quiere decir «corazón».

Al llegar al pie de la cadena de montañas que forman el Pichu Pichu los hermanos ya se daban por perdidos, sus perseguidores se hallaban cada vez más cerca, solo un milagro podía salvarlos. Toman un último descanso junto a la pacarina de los puquinas del valle, un hueco por el que discurrían las aguas del deshielo hacia los canales de cultivo. La princesa Tuana se despide de su hermano, invoca a la Mamacha Quiapi, y se sumerge en el ojo de agua que brota de la montaña. Ñawan ve desaparecer a su hermana y empieza a subir la montaña. Nunca lo alcanzaría Churajón. Al pisar la cumbre, alzando los brazos al cielo, implora a la Mamacha Quiapi que lo convierta en una montaña.

Cuando Churajón llega al sitio donde le había parecido ver desparecer a la princesa Tuana, no encuentra más que una flor roja entre las piedras, que no se atreve a tocar. Alzando la mirada puede ver que también se le ha escapado de las manos el príncipe Ñawan, que le pareció verlo tendido como para descansar a lo largo de la montaña.

Desde entonces los deshielos del Pichu Pichu ya no fluyen hacia el paraíso perdido de los puquinas sino que viajan bajo el suelo, para brotar a kilómetros de distancia en Sabandía y Paucarpata por milagrosos ojos de agua. Es la princesa Tuana, que viaja por las cristalinas aguas y que le gusta asomarse por los bordos de las acequias rumorosas de los andenes de Yumina, convertida en una flor roja, llamada Texao.

El temible Churajón también aparece a veces por Sabandía, persiguiendo siempre a la princesa Tuana. Esto sucede en tiempos de lluvia, cuando las aguas del río Sabandía se enturbian y toman un tinte amarillento, debido a que en las primeras vertientes del río sus aguas corren junto a la lava fría que Churajón hizo brotar en Tuctumbaya con sus hondazos.


Los arequipeños han tomado el Texao como su flor simbólica, y van en peregrinación hasta el antiguo santuario puquina a honrar y venerar a la diosa Quiapi, a quien han convertido en su madre y protectora.

Como si todavía escapara de Churajón, el Indio dormido se halla al extremo norte de la cadena del Pichu Pichu, por donde sale el Sol en invierno, cuando está más débil. La leyenda cuenta que cuando el Indio dormido se levante, Arequipa volverá a ser un paraíso. 


VUELVE MI PALOMITA

AUDIOLIBRO

Mariano Melgar Valdivieso

Arequipa, 1790-1815

Vuelve mi palomita

Yaraví

Cantado y recitado por Giuliana Murgía

Música de Pedro Rodríguez

Vuelve, que ya no puedo

Vivir sin tus cariños:

Vuelve mi palomita,

Vuelve a tu dulce nido.

 

Mira que hay cazadores

Que con intento inicuo

Te pondrán en sus redes

Mortales atractivos;

Y cuando te hagan presa

Te darán cruel martirio:

No sea que te cacen

Huye tanto peligro

Vuelve mi palomita

Vuelve a tu dulce nido

 

Ninguno ha de quererte

Como yo te he querido.

Te engañas si pretendes

Hallar amor más fino.

Habrá otros nidos de oro,

Pero no como el mío

Por quien vertió tu pecho

Sus primeros gemidos.

Vuelve mi palomita

Vuelve a tu dulce nido.

 

Bien sabes que yo, siempre

En tu amor embebido,

Jamás toqué tus plumas,

Ni ajé tu albor divino:

Si otro puede tocarlas

Y disipar su brillo,

Salva tu mejor prenda,

Ven al seguro asilo.

Vuelve mi palomita

Vuelve a tu dulce nido.

 

¿Por qué, dime, te alejas?

¿Por qué con odio impío

Dejas un dueño amante

Por buscar precipicios?

¿Así abandonar quieres

Tu asiento tan antiguo?

¿Con que así ha de quedarse

Mi corazón vacío?

Vuelve mi palomita

Vuelve a tu dulce nido.

 

No pienses que haya entrado

Aquí otro pajarillo:

No, palomita mía,

Nadie toca este sitio

Tuyo es mi pecho entero,

Tuyo es este albedrío;

Y por ti sola clamo

Con amantes suspiros.

Vuelve mi palomita

Vuelve a tu dulce nido.

 

Yo solo reconozco

Tus bellos coloridos,

Yo solo sabré darles

Su aprecio merecido,

Yo solo así merezco

Gozar de tu cariño

Y tú solo en mí puedes

Gozar días tranquilos.

Vuelve mi palomita

Vuelve a tu dulce nido.

 

No seas, pues, tirana:

Haz ya paces conmigo:

Ya de llorar cansado

Me tiene tu capricho

No vuelvas más, no sigas

Tus desviados giros;

Tus alitas doradas

Revuelvan, que ya expiro.

 

Vuelve, que ya no puedo

Vivir sin tus cariños,

Vuelve mi palomita

Vuelve a tu dulce nido.